Había olvidado aquellos motivos que hacen la lectura (mi lectura, para ser más específicos) desagradable.
No me malentiendan: adoro leer. Es sumamente difícil, sin embargo, que me interese lo suficiente un libro como para sentirme atraída y dispuesta a pagar el precio que me permitirá llevarlo conmigo a casa. Creo que es un libro al año el que consigue atraparme, terminando por devorarlo en cuestión de 2, 3 días. Una lástima, por cierto. Porque uno, como lector, quisiera que la historia continuase por siempre.
Lo que no me gusta de ello es la capacidad de absorción, ese poder que tienen estos peculiares libros sobre mí. Me acaparan, y la mayoría del tiempo, me hundo en aquella realidad, aquel mundo ficticio con el que puedo llegar a identificarme aún sin tener absolutamente nada en común con sus personajes.
Es lo bello de la literatura, ¿no? Y, al mismo tiempo, una verdadera locura.
Porque no es la primera vez que me ha tocado sentirme perdida y deprimida por la sucesión de acontecimientos en la historia. Me he hundido tan profundo, que convierto esta realidad en la mía, arrojándome a un abismo del que luego me cuesta mucho salir. Un abismo lleno de sentimientos encontrados y confusiones. Es hermoso y, a su vez, desesperante.
Debo cuidarme mucho para no quedar atrapada dentro de un libro.
Y es que es peligroso: Los libros están hechos para causar este impacto en las personas, pero es peligroso fundir ambas realidades hasta el punto de olvidar quién eres y tu propia historia...