miércoles, 29 de abril de 2009

Cuando nos conocimos, los dos éramos un desastre. Personas semimaduras con nula autoestima: él, indiferente a la vida y yo, resentida con la sociedad.

Él me tendió su mano cuando iba cayendo, y yo la tomé. Podría haber dicho que no desde un comienzo, pero en lugar de eso, dije que sí. 6 meses más tarde, pero dije que sí.
Podría haber evitado todo ello, pero entonces no habría aprendido. Seguiría siendo la niña de 16 años que no creía en el amor, que no conocía el amor, ni el inmenso/intenso dolor que causa esa traición.
Seguiría siendo la niña tonta e ilusa que pensaba que el amor era incondicicional e inquebrantable.
No me alegra que haya ocurrido, EN ABSOLUTO, pero tampoco estoy dispuesta a seguir mortificándome por algo que no estaba en mis manos. Por algo que perfectamente se pudo haber evitado pero que, de nuevo, no estaba en mis manos.

Soy una buena persona. Una buena mujer, con un mundo que entregar. Sólo esperen. Sólo esperen y verán.
No quiero seguir viviendo en el pasado.

Porque el amor no se regala, se gana. Y una vez que se gana, se cuida. Así como el cliché de la plantita. Las relaciones son como las plantas. Si no las cuidas, SE MUEREN.
Y es necesario restituir la confianza perdida.
Yo di todo de mí por mi relación, por la persona a quien amaba, pero nada de lo que hice fue suficiente, porque llegó el momento en el que me encontré regando sola. Y así tampoco funciona.