Nos quejamos del dolor, o de la injusta manera en que nos trata la vida. Pero enfrentémoslo, desde siempre nos han dicho: "La vida no es justa".
Cuando somos pequeños y caemos, frente al más ligero golpe o gota de sangre nos largábamos a llorar. Cuando crecemos, dejamos de hacerlo y sólo nos quejamos. Lloramos sólo cuando el dolor es demasiado intenso (Yo lloré cuando me dio apendicitis, o cuando estuve en cama con 39º y una otitis que me perforó los tímpanos). O interno, al nivel de las emociones.
Y aunque nos quejamos la mayor parte del tiempo, hay que admitir que, por EMO que suene, es este mismo dolor el que nos recuerda que somos humanos. Que estamos vivos. Y que no somos una mierd* de persona que no sentimos nada por nada o nadie más allá de sus propias extremidades.
Me alegro por eso.
A nadie le gusta el dolor. A mí no me gusta. Personalmente, de hecho, LO DETESTO. Soy muy poco resistente. Pero intento verle el lado positivo a las emociones tan de mierd* que a veces me invaden.
Eso sería. Feliz Día, Mamás.