A veces debo abstenerme de pensar. Lo cual es absurdo, porque no puedo evitarlo: pienso mucho, TODO el tiempo.
Es sólo que, y lo encontrarán de lo más ridículo, amo escribir. Plasmar lo que pueda o sienta valga la pena en un papel. O en lo que sea. Y cuando voy caminando por la calle, o en la cama, intentando dormir, o en cualquier sitio que me prive de un lápiz y un cuaderno, y comienzo a darme cuenta de que algo (un pensamiento, una idea) empieza a tomar forma, bruscamente lo espanto, agobiada ante la idea de que aquella esencia se pierda en el recuerdo, como una divagación más.
Ríanse si quieren, pero no lo tolero. Porque detesto olvidar algo que he pensado y que siento forma parte importante de mí. Mis ideas son parte de mí.